El laurel
Ya en la Antigua Grecia y el Imperio Romano este árbol tenía grandes connotaciones simbólicas. Deportistas, guerreros o poetas eran condecorados con una corona de laurel para representar la victoria, el triunfo y la grandeza. Lo mismo ocurría con los emperadores: seguramente, no recordemos ninguna imagen de Julio César sin este elemento sobre su cabeza. En los primeros Juegos Olímpicos de la Gran Atenas, los vencedores que lo recibían eran elevados a la categoría de dioses y recibían el favor de los mismos. En la actualidad, las coronas de laurel se depositan en los cementerios para honrar a los fallecidos.
Se trata de un arbusto mediterráneo, de la familia de las Laureáceas, que abunda en estado silvestre en todas las regiones que bañan el Mare Nostrum. Aunque sin duda guardan un gran parecido, no se debe confundir el Laurus nobilis, también llamado 'europeo' o 'de cocina', con el laurel-cerezo o laurel real, este último, muy tóxico para las personas si se llega a ingerir.
Reconócelo en cualquier lugar
Podemos encontrar el laurel plantado en
tierra o en maceta. En el primer caso, lo
veremos principalmente como arbusto, aunque, si se deja crecer libremente, sin
podar, se convertirá en árbol, llegando a alcanzar los 15 m. de altura. Por el
contrario, si se encuentra en un tiesto, no superará los 2 m.
Se desarrolla sobre un tronco robusto y grisáceo, en el que se sujeta una frondosa copa. Sus hojas perennes poseen un color verde oscuro y, junto con las flores, desprenden un agradable aroma. Pueden llegar a medir 9 cm. y, generalmente, muestran una forma alargada con borde ondulado.
El toque de color lo ponen las flores que nacen en marzo o abril. Muestran una tonalidad amarilla que contrasta sobre el oscuro verde de las hojas. Aunque para el ser humano lo que realmente tiene valor del laurel son sus hojas, a las que se dan múltiples usos, las flores resultan muy vistosas.
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